Por Licdo. Rafael Pepén
La República Dominicana se define constitucionalmente como un Estado Social y Democrático de Derecho, conforme a la Constitución de la República Dominicana. Esta definición no es meramente declarativa; implica un compromiso jurídico y político: colocar la dignidad humana como eje central del ordenamiento.
Cada ciudadano dominicano es titular de derechos fundamentales que limitan el poder del Estado y, al mismo tiempo, obligan a este a garantizar condiciones mínimas de justicia social. Entre estos derechos se encuentran la igualdad ante la ley, la libertad de expresión, el debido proceso, la participación política, así como derechos sociales como la educación, la salud, el trabajo y la seguridad social.
Sin embargo, el verdadero debate constitucional no se encuentra en la letra de la norma, sino en su efectividad. El texto constitucional dominicano es moderno, garantista y estructuralmente avanzado. La problemática surge cuando la distancia entre el mandato constitucional y la realidad social debilita la confianza ciudadana en las instituciones.
El ciudadano no solo es beneficiario de derechos; es también sujeto activo del sistema democrático. La Constitución no es un documento estático, sino un pacto político-jurídico que requiere vigilancia permanente, participación responsable y exigibilidad constante.
El rol del Tribunal Constitucional de la República Dominicana ha sido determinante en la consolidación del control de constitucionalidad y la tutela de los derechos fundamentales. No obstante, ningún tribunal puede sustituir la responsabilidad estructural del Estado ni la cultura de respeto institucional que debe permear toda la administración pública.
El gran desafío dominicano hoy no es reconocer derechos porque ya están reconocidos sino garantizarlos sin distinción, sin privilegios y sin demoras indebidas. Un Estado Social se mide por su capacidad de transformar derechos formales en realidades tangibles.
En conclusión, el derecho constitucional de cada ciudadano dominicano no es una concesión del poder, sino una garantía inherente a su condición humana. Defender la Constitución no es solo tarea de los jueces; es deber permanente de la ciudadanía, de los servidores públicos y de toda la clase política.
Porque cuando la Constitución se cumple, se fortalece la democracia. Y cuando la democracia se fortalece, se dignifica la nación.
