Por Isaac Dominici

A veces tengo la sensación de que el mundo avanza demasiado rápido, pero sin saber hacia dónde va. Vivimos tiempos de transformaciones profundas, donde lo que parecía eterno empieza a resquebrajarse y lo que era invisible comienza a tomar forma. Uno de esos cambios tiene nombre: BRICS.

Cuando uno mira con atención lo que representa este bloque —Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, y ahora con nuevas adhesiones en camino— se da cuenta de que no se trata solo de una alianza económica o diplomática. Hay algo más profundo gestándose ahí: una respuesta al cansancio de un modelo global que ya no funciona para todos.

Un mundo cansado del desequilibrio

El orden mundial posterior a la Segunda Guerra Mundial nos dio muchas cosas: estabilidad para algunos, crecimiento para otros, reglas claras… pero también muchas injusticias. Países enteros quedaron atrapados en deudas impagables, decisiones tomadas desde despachos lejanos determinaron el destino de millones y el poder se concentró en muy pocas manos.

Los BRICS no tienen todas las respuestas, pero sí hacen una pregunta que ya no puede ignorarse: ¿por qué el mundo debe seguir girando en torno a los intereses de unos pocos?

Otra forma de cooperar

Una de las cosas que más me llama la atención de los BRICS es que, a pesar de sus diferencias, han encontrado una manera de sentarse a dialogar sin imponer. China y la India tienen tensiones históricas; Brasil y Rusia están en extremos geográficos, pero ahí están, apostando por una nueva forma de relacionarse.

No es solo una cuestión económica. Es también simbólica. Representan culturas, formas de vida y maneras de pensar que han estado subestimadas durante demasiado tiempo. Cuando un agricultor en Mozambique recibe un crédito sin las condiciones asfixiantes del FMI, o cuando un ingeniero en India colabora con un colega sudafricano para desarrollar energías limpias, ahí es donde empieza a materializarse el cambio.

¿Nuevo orden mundial o nueva oportunidad?

Muchos temen que esto sea simplemente el reemplazo de una hegemonía por otra. Un cambio de amo. Pero no tiene por qué ser así. Lo que está sobre la mesa es la posibilidad de construir algo distinto: un mundo donde el diálogo pese más que la imposición, donde la cooperación no sea una excusa para saquear y donde el respeto por la soberanía no se negocie en nombre de intereses ocultos.

Eso exige una enorme madurez política, ética y humana. Los países del BRICS tendrán que demostrar que pueden liderar sin repetir los errores de quienes dominaron antes. Y también nosotros, como ciudadanos del mundo, tenemos que dejar de mirar pasivamente lo que ocurre como si no nos afectara.

Un futuro que empieza con preguntas

¿Cómo queremos convivir en este planeta? ¿Qué entendemos por desarrollo? ¿Cuánto vale la dignidad de una nación que quiere decidir por sí misma? Estas son preguntas que no se responden en cumbres internacionales ni en discursos grandilocuentes. Se responden en la forma en que construimos nuestras relaciones, nuestros acuerdos y nuestras prioridades.

Hoy más que nunca necesitamos un nuevo orden mundial. No por capricho, sino porque el que tenemos ya no sostiene a la mayoría. Necesitamos un sistema donde cada país tenga voz, no por su poder militar o económico, sino por su valor humano.

Quizá ese nuevo orden no nazca de una revolución, sino de una acumulación de pequeños gestos honestos. De escuchar más y mandar menos. De comprender que todos habitamos el mismo barco y que solo juntos podremos llegar a buen puerto.

Yo, al menos, aún tengo esperanza.

¡Comparte en tus redes!
Exit mobile version