Existe una máxima en la consultoría política que hoy cobra más fuerza que nunca: “Esto no se acaba hasta que se acaba”. Durante décadas, las encuestas electorales fueron consideradas los oráculos de la democracia moderna, capaces de sentenciar el destino de una campaña meses antes de que el primer ciudadano depositara su voto. Sin embargo, los recientes procesos electorales en América Latina nos han dejado una lección contundente: las encuestas de papel ya no votan, y la realidad de las urnas está empeñada en contradecir los pronósticos.

​Como bien señalaba recientemente el destacado consultor político Daniel Ivoskus, cuando vemos encuestas fallar estrepitosamente no estamos necesariamente ante un error metodológico de la estadística, sino ante un síntoma de la impotencia política. Cuando la conexión orgánica con la gente se debilita, surge la necesidad de fabricar una percepción de victoria. Se publica una encuesta armada a la medida con el único objetivo de que los titulares repitan «voy ganando», intentando forzar un efecto de arrastre bajo la premisa de que la gente vota por el que cree que vencerá. Nada más alejado de la realidad actual.

​Este fenómeno de los «punteros caídos» o de los candidatos que arrancaron en un lejano tercer lugar y terminaron rompiendo los esquemas no es un hecho aislado; es la nueva norma en la región:

​Colombia (2026): El caso de Abelardo de la Espriella es el ejemplo más vivo de este fenómeno. Al inicio, era un candidato posicionado en un lejano tercer lugar, sin la estructura de un partido tradicional fuerte a sus espaldas y enfrentándose al aparato del continuismo. Las encuestas publicadas intentaban moldear una narrativa muy distinta, pero la realidad del terreno y el voto silencioso terminaron dándole un vuelco total a la historia, llevándolo a conquistar la presidencia de la República en un escenario que la demoscopia tradicional fue incapaz de predecir.

​Perú (2021 y procesos recientes): En tierras peruanas el fenómeno ha sido crónico. El ascenso de Pedro Castillo en 2021 fue un verdadero terremoto para las encuestadoras: semanas antes de los comicios generales, figuraba en el fondo de las listas mientras los sondeos tradicionales concentraban el favoritismo en figuras del establishment limeño. Castillo, emergiendo desde el «Perú profundo», pulverizó los gráficos impresos. Es una constante en el electorado peruano, que suele decidir y cambiar su voto en el último tramo de la campaña, dejando en ridículo las proyecciones iniciales.

​Guatemala y Ecuador (2023): En Guatemala, Bernardo Arévalo ni siquiera aparecía en el radar de los favoritos de las principales encuestas publicadas, y terminó ganando la presidencia. En Ecuador, Daniel Noboa pasó de los últimos lugares en los sondeos a ganar el balotaje tras un sólido debate presidencial que sintonizó con un electorado volátil.

​¿Por qué se produce este abismo entre lo que dicen las encuestas públicas y lo que pasa en las urnas?

​Primero, porque el votante latinoamericano ha aprendido a ser estratégico y, muchas veces, silencioso. Ante la polarización y la desconfianza hacia las instituciones, el ciudadano prefiere no revelar su verdadera intención de voto al encuestador, rompiendo cualquier proyección predictiva.

​Segundo, por lo que Ivoskus define con precisión: la saturación de las encuestas de propaganda. Cuando los números se instrumentalizan como herramientas de relaciones públicas en lugar de usarse como diagnósticos científicos internos para la toma de decisiones, pierden toda credibilidad. La verdadera investigación de mercados sirve para escuchar el pulso de la sociedad y corregir el rumbo, no para autoengañarse alimentando el ego de un comando de campaña.

​Como hemos sostenido en análisis anteriores, la política real no se hace detrás de un escritorio ni se gana exclusivamente en las pantallas. Las herramientas digitales y las proyecciones son válidas, pero la ventaja competitiva en las urnas se define por factores mucho más humanos y estructurales. Aquel líder que logre la mayor presencia en el terreno, que demuestre la capacidad técnica y emocional para armonizar a sus equipos territoriales de campaña, y que cree un compromiso genuino y respetuoso con las bases de su organización política, llevará siempre la delantera.

​El refinamiento de la política actual y el poder de la marca personal exigen entender que el electorado busca consistencia y cercanía. No basta con figurar; hay que saber articular una visión de futuro clara, inspiradora y realizable para el país. Los liderazgos ya no se imponen de arriba hacia abajo a golpe de encuestas infladas; se construyen abajo, interpretando las emociones de un pueblo que se rehúsa a ser predecible.

​Las encuestas que buscan moldear la opinión pública en lugar de medirla se han convertido en un bumerán para quienes las financian. Al final del día, los espejismos de papel se desvanecen muy rápido frente a la contundencia de un ciudadano que, en el secreto de la urna, recupera el poder absoluto de escribir su propia historia.

​Por: Mariano Abreu Volquez

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